Y acá estamos; sentados juntos sobre el césped, frente a frente, mirándonos a los ojos fijamente.
No dejes que tu mirada se suelte de la mía, puesto que mis ojos se acogieron en los tuyos, en su profundo color y su fuerte mirada como las olas en el mar, eres el contra de las nubes negras y la tempestad, estoy aquí para ti. Luego, cuando los besos llegan, no evitamos que se cierren nuestros ojos y mientras te acercas me dejo llevar por los suaves y finos labios que guías hacía los míos, donde se juntan y se entrelazan creando un maldito néctar vicioso que me enloquece; todo alrededor se detiene.
Así mientras todo está suspendido en la atmósfera, crecen sentimientos dentro. Euforia, tranquilidad, alegría, felicidad... esa felicidad que solo se encuentra cuando te dejas llevar por lo que sientes. Me siento el más afortunado. No es el tiempo, ni el por qué, es el cómo ha ocurrido cada momento, como surge el sentimiento.
Sujeto tus manos suavemente, y las entrecruzo con las mías -nuestros cuerpos se detienen pero el sentimiento persiste- Te llamo por tu nombre, me miras y me dirijo a ti:
-Gracias, por todo; no por mi, sino por nosotros.
